El martillo del juez cayó con golpe seco y definitivo. Toda la sala esperó en suspenso el veredicto. «Son dos años de prueba —dictaminó el magistrado— y una fianza de tres mil dólares.» La acusada gimoteó un poco, pero empezó a buscar en su gruesa cartera el dinero que le permitiría salir en libertad.
La acusada era Maybelle Cauthen, una anciana de ochenta y tres años, arrestada por vender un paquete de marihuana por veinticinco dólares en Georgia, Estados Unidos. Al retirarse de la sala, el juez le dijo: «Mire mucho cómo camina, señora; no le queda mucho tiempo para cambiar de vida.»
He aquí una frase que nos obliga a pensar. Aunque no estemos vendiendo marihuana, ni seamos culpables de ningún otro delito, ni tengamos ochenta y tres años de edad ni estemos enfermos y en peligro de muerte, nunca tenemos demasiado tiempo para cambiar de vida.
Porque ¿quién tiene la vida comprada? ¿Quién es dueño de sus días y sus años para disponer de ellos a su antojo? ¿Quién puede decir: «No necesito cambiar de vida ahora, pues tengo mucho tiempo por delante»?
Nadie sabe qué pasará el día de mañana. Mañana un accidente puede ocasionarnos la muerte instantánea. Mañana un derrame cerebral puede dejarnos anulados para toda la vida. Mañana puede ocurrir un terremoto. Mañana puede venir el Señor Jesucristo, y ya nadie tendrá oportunidad de cambiar de vida.