Era un típico triángulo amoroso, triángulo que suele enmarcar tragedias. El esposo era Alfredo Millán, de Caracas, Venezuela. La esposa se llamaba Tina, y su amante, Benjamín. El triángulo se hizo trizas de una manera violenta.
Al regresar de su trabajo, Alfredo Millán descubrió el adulterio en su propia casa. Armado de un machete, decapitó al amante, metió la cabeza en un frasco grande con alcohol, y le dijo a la esposa: «Ahora podrás contemplar tu pecado toda tu vida.» Y puso el frasco con la cabeza en la mesita de noche de su infiel compañera.
Eso de «contemplar el pecado toda la vida» debe de ser un castigo terrible. Millán obligó a su esposa a ver la cabeza del amante en el frasco cuatro años seguidos.
Muchas veces imaginamos al infierno como un horno ardiente, un abismo en llamas, o como ollas de plomo derretido donde los pecadores se queman por la eternidad. Nadie sabe con exactitud cómo será ese castigo eterno, pero de seguro cada hombre y cada mujer condenados tendrán que contemplar para siempre el pecado que cometieron.
El que asesinó a un semejante tendrá que contemplar el cadáver. El que violó, robó, estafó, chantajeó, calumnió, o simplemente odió con el corazón, contemplará cada hora de cada día a la persona que perjudicó o el mal que hizo, y eso por los siglos de los siglos.