Lloró por un tiempo indefinido, sin verter una sola lágrima. Su llanto era lágrimas de cal arrasando lo que encontraba en su camino, dejando tras de sí un terreno yermo, árido y baldío.

Lloraba por los simulacros de amor, por los rencores tardíos, por el odio recién despertado. Por los besos acumulados y estériles, por las palabras abandonadas, por las caricias viciadas, por el deseo marchito.

Llora sin querer hacerlo y su llanto seco limpia de podredumbre su alma dañada.

Está llorando. Sin humedecer las pestañas, sin suspiros ni lamentos. Sin hipos ni convulsiones. Sin ademanes ni gestos que le delaten ante el espejo.

Llorará con pasión contenida, sujetando la rabia, frenando la ira, queriendo gritar sin voz, enmudeciendo y ahogando palabras impronunciables.

Dejará de llorar y recuperará parte de su alma agrietada y partida. Volverá a tener las manos llenas. Ahora, quedaron vacías.